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Cuento» NOCHE DE REYES A SALTOS
El sapo andaba atareado y nervioso, revolviendo entre los yuyos y juntando cosas. No tenía tiempo casi ni para saludar.
-Esta noche vienen, ¿eh, don Sapo? -preguntó el coatí.
-Ay, don Sapo, no veo la hora de que lleguen -dijo la paloma.
-No sé si voy a poder dormir esta noche -dijo la iguana.
-Bah -dijo la lechuza-, ése es un sapo mentiroso. Seguro que les anduvo contando el cuento de los Reyes Magos.
-Don Sapo nos dijo que esta noche van a venir con regalos- contestaron el coatí y la paloma.
-¿Sí?- dijo la lechuza-, y también les habrá dicho que vendrán montados en camellos. ¿Me quieren explicar cómo hacen los camellos para cruzar el mar? ¿A que eso no les dijo?
-Claro que sí. Nos contó que había sido un problema, y por eso ahora vienen montados en sapos, que sí saben cruzar el mar. A saltos, claro.
-¿Y para cruzar las montañas? ¿Los sapos saben cruzar las montañas? ¿A que eso no les dijo?
-Sí nos dijo, sí nos dijo. Andan todo el día a los saltos para practicar el cruce de las montañas. Ésa es la forma de cruzarlas, a saltos.
-Bah- dijo la lechuza-, ése sapo es un mentiroso. ¡Miren si los Reyes Magos van a cambiar los camellos por sapos! ¿Alguien los ha visto montados en sapos? ¿A que eso no les dijo?
-Sí nos dijo, claro que sí. Nadie los vio porque los sapos no hacen ruido al saltar y llegan despacito cuando todos están dormidos. Los camellos hacen mucho ruido.
-Bah -dijo la lechuza-, se van a quedar con las ganas porque esta noche no va a venir nadie.
En la noche brillaba una luna redonda y blanca. El coatí, la paloma, el quirquincho y mil animales más daban vueltas sin poderse dormir. Al final, como sin darse cuenta, se durmieron más temprano que nunca. Sólo quedó despierto el canto de las ranas.
Aquel 6 de enero todos se despertaron muy temprano.
-¡Vinieron los Reyes! ¡Vinieron los Reyes!- gritaban picos y hocicos.
Al lado de cada uno había un regalo. Una pluma roja para la paloma gris. Un higo maduro para el coatí. Una flor de mburucuyá para la iguana. Y así mil cosas para los mil animales.
-¡Vinieron los Reyes! ¡Vinieron los Reyes!- gritaban todos.
¿Todos? Bueno, todos no. En un rincón, tras de un árbol caído, el sapo dormía sin que los ruidos pudiesen sacarlo de su cansancio. Había andado a saltos toda la noche, y ahora soñaba con Reyes Magos montados en sapos, y hablando en sueños decía:
-Ja, si sabrá de Reyes Magos este sapo.
-Esta noche vienen, ¿eh, don Sapo? -preguntó el coatí.
-Ay, don Sapo, no veo la hora de que lleguen -dijo la paloma.
-No sé si voy a poder dormir esta noche -dijo la iguana.
-Bah -dijo la lechuza-, ése es un sapo mentiroso. Seguro que les anduvo contando el cuento de los Reyes Magos.
-Don Sapo nos dijo que esta noche van a venir con regalos- contestaron el coatí y la paloma.
-¿Sí?- dijo la lechuza-, y también les habrá dicho que vendrán montados en camellos. ¿Me quieren explicar cómo hacen los camellos para cruzar el mar? ¿A que eso no les dijo?
-Claro que sí. Nos contó que había sido un problema, y por eso ahora vienen montados en sapos, que sí saben cruzar el mar. A saltos, claro.
-¿Y para cruzar las montañas? ¿Los sapos saben cruzar las montañas? ¿A que eso no les dijo?
-Sí nos dijo, sí nos dijo. Andan todo el día a los saltos para practicar el cruce de las montañas. Ésa es la forma de cruzarlas, a saltos.
-Bah- dijo la lechuza-, ése sapo es un mentiroso. ¡Miren si los Reyes Magos van a cambiar los camellos por sapos! ¿Alguien los ha visto montados en sapos? ¿A que eso no les dijo?
-Sí nos dijo, claro que sí. Nadie los vio porque los sapos no hacen ruido al saltar y llegan despacito cuando todos están dormidos. Los camellos hacen mucho ruido.
-Bah -dijo la lechuza-, se van a quedar con las ganas porque esta noche no va a venir nadie.
En la noche brillaba una luna redonda y blanca. El coatí, la paloma, el quirquincho y mil animales más daban vueltas sin poderse dormir. Al final, como sin darse cuenta, se durmieron más temprano que nunca. Sólo quedó despierto el canto de las ranas.
Aquel 6 de enero todos se despertaron muy temprano.
-¡Vinieron los Reyes! ¡Vinieron los Reyes!- gritaban picos y hocicos.
Al lado de cada uno había un regalo. Una pluma roja para la paloma gris. Un higo maduro para el coatí. Una flor de mburucuyá para la iguana. Y así mil cosas para los mil animales.
-¡Vinieron los Reyes! ¡Vinieron los Reyes!- gritaban todos.
¿Todos? Bueno, todos no. En un rincón, tras de un árbol caído, el sapo dormía sin que los ruidos pudiesen sacarlo de su cansancio. Había andado a saltos toda la noche, y ahora soñaba con Reyes Magos montados en sapos, y hablando en sueños decía:
-Ja, si sabrá de Reyes Magos este sapo.
FIN
En: “Animal de patas largas”, Gustavo Roldán. Edit. Sudamericana. Ilustraciones de Sáulor (Oscar Rojas). A partir de 7 años. Humor

Cuentos del monte, de animales, de cosas que pasan porque llega el viento y la sequía, o porque no hay ni vientos ni sequía. En fin, cosas que pasan por aquí o por allá, y de las que - a veces - solo nos enteramos por cuentos.
Visto y leído en:
https://teecuento.wordpress.com/2009/11/01/noche-de-reyes-a-saltos-gustavo-roldan/
https://issuu.com/tintafresca/docs/damelapalabra_cap1-2/1
https://teecuento.wordpress.com/2009/11/01/noche-de-reyes-a-saltos-gustavo-roldan/
https://issuu.com/tintafresca/docs/damelapalabra_cap1-2/1
El halcón planeaba haciendo círculos en el cielo.
En el enorme claro en medio del monte, las hormigas pasaban en una fila que no tenía comienzo ni fin. Iban marcando un camino que daba extrañas vueltas, giraba para aquí o para allá, y volvía a salir derecho hasta perderse en la distancia.
El sapo las miraba pasar, inmóvil. Ya tenía los ojos bizcos de tanto mirar.
-¿Qué está haciendo, don sapo? -preguntó el piojo, extrañado de verlo tan quieto y callado.
-Estudiando amigo piojo, estudiando.
-Solamente lo veo mirar hormigas.
-Eso es lo que estoy estudiando: a las hormigas.
-¿Y no se aburre? Mire que si hay un bicho aburrido es la hormiga. Todas iguales… todas iguales…
-¿Iguales? No crea amigo piojo. Eso es lo que estoy estudiando y descubriendo. Y créame que vale la pena.
-Es lo último que yo haría en mi vida.
-Está bien, ¿pero alguna vez se dio cuenta de que hay hormigas de ojos chicos, de ojos grandes, de patas cortas, de peinado con raya al medio?
-¡Don sapo, no me diga que no son todas iguales!
-Sí le digo. Hay rubias y morochas, gordas y flacas, altas y petisas… Yo las voy contando y calculo cuántas hay de cada clase. Las que más me interesan son las hormigas cantoras.
-¡Rubias y morochas! ¡Altas y con raya al medio! ¡Jamás me hubiera imaginado! ¿Está seguro, don sapo?
-Tan seguro como que dos y dos son cinco.
-Lo que no me convence es que sean cantoras. Jamás las oí cantar.
-Es que cantan despacito, con voz de hormiga.
-¿Y cantan lindo?
-No me gusta hablar mal de nadie, pero me parece que son un poco desorejadas.
-Con razón cantan despacito -dijo el piojo-. Así nadie protesta.
-Pero además hay un misterio que me tiene preocupado. Nunca pude ver cuál es la primera hormiga ni cuál la última.
-Cierto, don sapo, uno siempre ve un montón que está pasando.
-¡Ya se juntaron de nuevo para hablar tonteras! -protestó la lechuza-. ¡Hormigas cantoras, hormigas con raya al medio! Nunca había escuchado tantas barbaridades.
-Usted no miró bien, doña lechuza, jamás la vi acercarse a una fila de hormigas.
-¿Se cree que estoy loca? Mire si me voy a bajar de mi tronco para mirar esos bichos. Tengo cosas más importantes para ocupar el tiempo.
-A mí me parece que cualquiera es importante –dijo el sapo-. Lo que pasa es que a usted le gustan los bichos famosos.
-¡Bah!, las hormigas son todas iguales. El que vio a una hormiga ya las vio a todas. Por eso me gusta el oso hormiguero, porque se las come y así no andan molestando.
-¿Molestando? ¿En qué la pueden molestar a usted?
-En que día y noche hacen esos horribles caminitos en el pasto. Lo dejan todo rayado. ¡Así no se puede vivir!
-Yo no creo que todas sean iguales.
-Claro que sí. Son todas iguales, como son iguales todos los piojos y todas las pulgas.
El sapo se quedó callado.
Al piojo se le pusieron los pelos de punta.
El silencio comenzó a molestar.
-¿Sabe doña lechuza? -dijo el sapo-, yo escuché que el puma decía que las lechuzas eran todas iguales.
-¡Está loco este puma! Cada lechuza es una cosa única que no se parece a ninguna otra. ¡Cómo va a decir eso el puma! ¡Este mundo está mal de la cabeza!
Y la lechuza, ofendida hasta más no poder, se fue volando hacia la otra punta del monte.
-Don sapo -preguntó el piojo-, ¿es cierto que el puma dijo eso?
-No, don piojo, nunca lo dijo. Uno se queda sin argumentos ante tanta estupidez y una mentira chiquita sirve para terminar la discusión.
Yo también pensaba como la lechuza, pero por suerte me puse a mirar. Fíjese en ésa, don sapo, esa de ojos marrones y raya al medio, la que va llevando al hoja de mburucuyá. ¡Qué fuerza tiene!
Entonces se oyó un aleteo que hizo temblar las hojas de los árboles y el halcón se posó al lado del sapo y el piojo.
-Amigo halcón, tanto tiempo sin verlo -saludó el sapo-. Me alegra muchísimo que haya venido a visitarnos.
-Vine a contarles una cosa linda.
-No hay nada mejor que las buenas noticias –dijo el piojo.
-Y es algo de este lugar.
-¿Sí? Cuente, cuente, a las buenas noticias no hay que hacerlas esperar.
-Ustedes estaban tan distraídos que no me vieron planeando en círculos desde hace larguísimo rato.
-Estábamos ocupados estudiando a las hormigas dijo el sapo.
-Yo estaba haciendo lo mismo –dijo el halcón.
-¿A usted también le interesan las hormigas? -preguntó el piojo.
-Sí, don piojo. Habrá visto que los halcones siempre hacemos grandes círculos en el cielo, y damos vueltas. ¿Nunca se preguntó porqué?
-No. Únicamente envidio y me muero de ganas de hacer lo mismo.
-A los halcones nos gusta planear dando vueltas sólo para ver el camino de las hormigas.
-Eso estábamos haciendo con don sapo.
-Sí, pero ustedes ven un pedacito. Desde el cielo es un bellísimo dibujo, pero tan grande que desde el suelo no se puede ver. Mirando desde arriba uno se sorprende y no entiende cómo pueden hacerlo ni por qué lo hacen.
-¡Ojo de halcón! ¡Cómo me gustaría ver esos dibujos!
-¿Le gustaría don piojo?
-Me pongo loco de sólo pensarlo. ¿Pero cómo hago?
-Ya mismo se va a dar el gusto. Vaya saltando a mi cabeza y nos vamos a dar una vuelta. ¿Y usted, don sapo no quiere volar al lado mío?
-Hoy no, estoy un poco cansado. Mejor sigo mirando con ojo de sapo.
EL halcón, con el piojo prendido a las plumas de su cabeza, remontó vuelo, y el sapo se quedó con las hormigas.
Y ahí están todos.
La lechuza volando bajito y murmurando: “No puede ser, no puede ser. Este mundo está loco”.
En el suelo el sapo diciendo:
-¡Añamembuí! ¡Jamás se me hubiera ocurrido cual era el secreto del vuelo de los halcones!
Y por allá arriba, donde apenas llega el canto de los pájaros, el halcón y el piojo vuelan en círculos, sin cansarse de mirar los dibujos del camino de las hormigas.

El camino de la hormiga
Gustavo Roldán
Ilustraciones de Juan Lima
ALFAGUARA INFANTIL, 2004
Serie: Amarilla (desde 6 años)
En el enorme claro en medio del monte, las hormigas pasaban en una fila que no tenía comienzo ni fin. Iban marcando un camino que daba extrañas vueltas, giraba para aquí o para allá, y volvía a salir derecho hasta perderse en la distancia.
El sapo las miraba pasar, inmóvil. Ya tenía los ojos bizcos de tanto mirar.
-¿Qué está haciendo, don sapo? -preguntó el piojo, extrañado de verlo tan quieto y callado.
-Estudiando amigo piojo, estudiando.
-Solamente lo veo mirar hormigas.
-Eso es lo que estoy estudiando: a las hormigas.
-¿Y no se aburre? Mire que si hay un bicho aburrido es la hormiga. Todas iguales… todas iguales…
-¿Iguales? No crea amigo piojo. Eso es lo que estoy estudiando y descubriendo. Y créame que vale la pena.
-Es lo último que yo haría en mi vida.
-Está bien, ¿pero alguna vez se dio cuenta de que hay hormigas de ojos chicos, de ojos grandes, de patas cortas, de peinado con raya al medio?
-¡Don sapo, no me diga que no son todas iguales!
-Sí le digo. Hay rubias y morochas, gordas y flacas, altas y petisas… Yo las voy contando y calculo cuántas hay de cada clase. Las que más me interesan son las hormigas cantoras.
-¡Rubias y morochas! ¡Altas y con raya al medio! ¡Jamás me hubiera imaginado! ¿Está seguro, don sapo?
-Tan seguro como que dos y dos son cinco.
-Lo que no me convence es que sean cantoras. Jamás las oí cantar.
-Es que cantan despacito, con voz de hormiga.
-¿Y cantan lindo?
-No me gusta hablar mal de nadie, pero me parece que son un poco desorejadas.
-Con razón cantan despacito -dijo el piojo-. Así nadie protesta.
-Pero además hay un misterio que me tiene preocupado. Nunca pude ver cuál es la primera hormiga ni cuál la última.
-Cierto, don sapo, uno siempre ve un montón que está pasando.
-¡Ya se juntaron de nuevo para hablar tonteras! -protestó la lechuza-. ¡Hormigas cantoras, hormigas con raya al medio! Nunca había escuchado tantas barbaridades.
-Usted no miró bien, doña lechuza, jamás la vi acercarse a una fila de hormigas.
-¿Se cree que estoy loca? Mire si me voy a bajar de mi tronco para mirar esos bichos. Tengo cosas más importantes para ocupar el tiempo.
-A mí me parece que cualquiera es importante –dijo el sapo-. Lo que pasa es que a usted le gustan los bichos famosos.
-¡Bah!, las hormigas son todas iguales. El que vio a una hormiga ya las vio a todas. Por eso me gusta el oso hormiguero, porque se las come y así no andan molestando.
-¿Molestando? ¿En qué la pueden molestar a usted?
-En que día y noche hacen esos horribles caminitos en el pasto. Lo dejan todo rayado. ¡Así no se puede vivir!
-Yo no creo que todas sean iguales.
-Claro que sí. Son todas iguales, como son iguales todos los piojos y todas las pulgas.
El sapo se quedó callado.
Al piojo se le pusieron los pelos de punta.
El silencio comenzó a molestar.
-¿Sabe doña lechuza? -dijo el sapo-, yo escuché que el puma decía que las lechuzas eran todas iguales.
-¡Está loco este puma! Cada lechuza es una cosa única que no se parece a ninguna otra. ¡Cómo va a decir eso el puma! ¡Este mundo está mal de la cabeza!
Y la lechuza, ofendida hasta más no poder, se fue volando hacia la otra punta del monte.
-Don sapo -preguntó el piojo-, ¿es cierto que el puma dijo eso?
-No, don piojo, nunca lo dijo. Uno se queda sin argumentos ante tanta estupidez y una mentira chiquita sirve para terminar la discusión.
Yo también pensaba como la lechuza, pero por suerte me puse a mirar. Fíjese en ésa, don sapo, esa de ojos marrones y raya al medio, la que va llevando al hoja de mburucuyá. ¡Qué fuerza tiene!
Entonces se oyó un aleteo que hizo temblar las hojas de los árboles y el halcón se posó al lado del sapo y el piojo.
-Amigo halcón, tanto tiempo sin verlo -saludó el sapo-. Me alegra muchísimo que haya venido a visitarnos.
-Vine a contarles una cosa linda.
-No hay nada mejor que las buenas noticias –dijo el piojo.
-Y es algo de este lugar.
-¿Sí? Cuente, cuente, a las buenas noticias no hay que hacerlas esperar.
-Ustedes estaban tan distraídos que no me vieron planeando en círculos desde hace larguísimo rato.
-Estábamos ocupados estudiando a las hormigas dijo el sapo.
-Yo estaba haciendo lo mismo –dijo el halcón.
-¿A usted también le interesan las hormigas? -preguntó el piojo.
-Sí, don piojo. Habrá visto que los halcones siempre hacemos grandes círculos en el cielo, y damos vueltas. ¿Nunca se preguntó porqué?
-No. Únicamente envidio y me muero de ganas de hacer lo mismo.
-A los halcones nos gusta planear dando vueltas sólo para ver el camino de las hormigas.
-Eso estábamos haciendo con don sapo.
-Sí, pero ustedes ven un pedacito. Desde el cielo es un bellísimo dibujo, pero tan grande que desde el suelo no se puede ver. Mirando desde arriba uno se sorprende y no entiende cómo pueden hacerlo ni por qué lo hacen.
-¡Ojo de halcón! ¡Cómo me gustaría ver esos dibujos!
-¿Le gustaría don piojo?
-Me pongo loco de sólo pensarlo. ¿Pero cómo hago?
-Ya mismo se va a dar el gusto. Vaya saltando a mi cabeza y nos vamos a dar una vuelta. ¿Y usted, don sapo no quiere volar al lado mío?
-Hoy no, estoy un poco cansado. Mejor sigo mirando con ojo de sapo.
EL halcón, con el piojo prendido a las plumas de su cabeza, remontó vuelo, y el sapo se quedó con las hormigas.
Y ahí están todos.
La lechuza volando bajito y murmurando: “No puede ser, no puede ser. Este mundo está loco”.
En el suelo el sapo diciendo:
-¡Añamembuí! ¡Jamás se me hubiera ocurrido cual era el secreto del vuelo de los halcones!
Y por allá arriba, donde apenas llega el canto de los pájaros, el halcón y el piojo vuelan en círculos, sin cansarse de mirar los dibujos del camino de las hormigas.
FIN

El camino de la hormiga
Gustavo Roldán
Ilustraciones de Juan Lima
ALFAGUARA INFANTIL, 2004
Serie: Amarilla (desde 6 años)
–¡Claro que voy a pelear!
–No, don piojo, usted no puede pelear con el puma.
–¿Qué no puedo? ¿Por qué no puedo?
–Es una pelea despareja.
–Igual voy a pelear. Y ya mismo.
El piojo y el puma se enfrentaron. Los ojos de los dos echaban chispas, dispuestos para una pelea a muerte.
Los demás animales los rodeaban en silencio. Ya habían intentado todas las formas de pararlos, pero no había caso.
El puma mostró los dientes. Todos los dientes. Y los animales dieron un largo paso para atrás.
–El puma rugió y largó un zarpazo que hizo volar al piojo y lo estrelló contra un quebracho. El piojo se enderezó y atropelló. Otro zarpazo del puma y el piojo quedó colgado en lo más alto de un algarrobo.
–¡Bueno, basta! –dijo el sapo–. ¡Ya está bien!
–¡Nada de basta! –gritó el piojo bajando a los saltos de rama en rama–. ¡Nada de basta!
Y saltó desde el árbol a la oreja del puma y se prendió como garrapata, dispuesto a chuparle hasta la última gota de sangre.
El puma rugió y se pegó un tremendo manotazo en la oreja para aplastar ahí mismo al piojo.
Pero el piojo ya no estaba. Había saltado a la otra oreja y lo mordía desesperadamente. Otro manotazo del puma y el piojo casi aprende a volar.
–¿Y si terminamos la pelea? –dijo el elefante dando un paso adelante.
–¡Atrás todos! –gritó el piojo–. ¡Nada de terminar la pelea! –y atropelló lanzando manotazos al aire.
El puma retrocedió sorprendido. No había pensado que ese bichito pudiera pelear con tanta furia. Había querido divertirse un poco, pero jamás se le ocurrió que el piojo fuera capaz de llevar las cosas tan lejos.
–¡Vamos, pelee!– gritó el piojo atropellando.
Otro manotazo del puma y el piojo fue a caer arriba del elefante, ahí rebotó y cayó sobre el lomo del tapir.
–¡Lo va a matar! –dijo el oso hormiguero.
–¡Lo va a destrozar con sus garras! –dijo el coatí.
–¡Lo va a morder con esos enormes colmillos! –dijo la iguana.
–¡No podemos dejar que sigan! –dijo el sapo.
–¡Tenemos que hacer algo! –dijo el quirquincho.
–¡Por favor, don elefante, usted puede pararlos, haga algo! –pidió la cotorrita verde.
–Bueno bueno –dijo el elefante poniéndose en medio del piojo y el puma–. ¡Se acabó la pelea!
El puma dio un paso para atrás y dijo:
–Por mí, la terminamos. Y les cuento que fue la mejor pelea que tuve en mi vida. Lo felicito, don piojo, estuve mal y pido disculpas.
–Acepto sus disculpas, y también acepto que me estaba ganando. Debo admitir que usted es más fuerte que yo.
Los animales hablaron todos juntos y se preguntaron muchas cosas. En especial se preguntaron por qué había comenzado esa pelea tan feroz. Pero ninguno sabía.
Después se fueron, cada cual por su lado. El elefante, el coatí, el sapo y el piojo se quedaron charlando.
–Don piojo –preguntó el sapo–, ¿por qué comenzó todo este lío? ¿se da cuenta en lo que se metió?
–Fue demasiado peligroso –dijo el coatí–. El puma es un animal feroz. Me hizo temblar todo el tiempo.
–No se preocupe, amigo coatí, yo temblaba más todavía –dijo el piojo.
–¿Por qué pelearon? –preguntó el elefante.
–Porque casi me pisa. Pasó sin mirar casi me pisa. Y cuando yo grité me mostró todos esos dientes que tiene y encima me insultó y me pisó la sombra.
–¡Lo insultó! –dijo el sapo–. ¡Le pisó la sombra! ¿Qué le dijo?
–En realidad nada. Pero me miró como si me insultara. Y movió la pata y casi me pisa otra vez. Y de nuevo me pisó la sombra. Entonces me enojé y lo desafié a pelear.
–Pero, don piojo –dijo el elefante–, un piojo no puede pelear con un puma.
–Ya sé que no, pero las cosas tienen sus límites. Y creo que se estaba pasando de la raya. ¿Sabe, don elefante?, a veces los bichos chicos tenemos que defender a muerte la dignidad. Si no resistimos, si no defendemos la dignidad, entonces sí que estamos listos. Y un buen piojo no puede permitir que nadie le pise la sombra.
El elefante y el sapo se miraron y dieron un paso para atrás con todo disimulo. No fuera a ser que por ahí, sin darse cuenta, pusieran la pata encima de la sombra del piojo.

"Desafío mortal" de Gustavo Roldán.
En Historias del piojo. Editorial Norma. 1998.
© Gustavo Roldán.
Ilustraciones: Jimena Tello
Diseño de tapa y colección: Plan Nacional de Lectura 2010
Colección: “Escritores en escuelas”
Ministerio de Educación. República Argentina, 2010
www.planlectura.educ.ar
–No, don piojo, usted no puede pelear con el puma.
–¿Qué no puedo? ¿Por qué no puedo?
–Es una pelea despareja.
–Igual voy a pelear. Y ya mismo.
El piojo y el puma se enfrentaron. Los ojos de los dos echaban chispas, dispuestos para una pelea a muerte.
Los demás animales los rodeaban en silencio. Ya habían intentado todas las formas de pararlos, pero no había caso.
El puma mostró los dientes. Todos los dientes. Y los animales dieron un largo paso para atrás.
–El puma rugió y largó un zarpazo que hizo volar al piojo y lo estrelló contra un quebracho. El piojo se enderezó y atropelló. Otro zarpazo del puma y el piojo quedó colgado en lo más alto de un algarrobo.
–¡Bueno, basta! –dijo el sapo–. ¡Ya está bien!
–¡Nada de basta! –gritó el piojo bajando a los saltos de rama en rama–. ¡Nada de basta!
Y saltó desde el árbol a la oreja del puma y se prendió como garrapata, dispuesto a chuparle hasta la última gota de sangre.
El puma rugió y se pegó un tremendo manotazo en la oreja para aplastar ahí mismo al piojo.
Pero el piojo ya no estaba. Había saltado a la otra oreja y lo mordía desesperadamente. Otro manotazo del puma y el piojo casi aprende a volar.
–¿Y si terminamos la pelea? –dijo el elefante dando un paso adelante.
–¡Atrás todos! –gritó el piojo–. ¡Nada de terminar la pelea! –y atropelló lanzando manotazos al aire.
El puma retrocedió sorprendido. No había pensado que ese bichito pudiera pelear con tanta furia. Había querido divertirse un poco, pero jamás se le ocurrió que el piojo fuera capaz de llevar las cosas tan lejos.
–¡Vamos, pelee!– gritó el piojo atropellando.
Otro manotazo del puma y el piojo fue a caer arriba del elefante, ahí rebotó y cayó sobre el lomo del tapir.
–¡Lo va a matar! –dijo el oso hormiguero.
–¡Lo va a destrozar con sus garras! –dijo el coatí.
–¡Lo va a morder con esos enormes colmillos! –dijo la iguana.
–¡No podemos dejar que sigan! –dijo el sapo.
–¡Tenemos que hacer algo! –dijo el quirquincho.
–¡Por favor, don elefante, usted puede pararlos, haga algo! –pidió la cotorrita verde.
–Bueno bueno –dijo el elefante poniéndose en medio del piojo y el puma–. ¡Se acabó la pelea!
El puma dio un paso para atrás y dijo:
–Por mí, la terminamos. Y les cuento que fue la mejor pelea que tuve en mi vida. Lo felicito, don piojo, estuve mal y pido disculpas.
–Acepto sus disculpas, y también acepto que me estaba ganando. Debo admitir que usted es más fuerte que yo.
Los animales hablaron todos juntos y se preguntaron muchas cosas. En especial se preguntaron por qué había comenzado esa pelea tan feroz. Pero ninguno sabía.
Después se fueron, cada cual por su lado. El elefante, el coatí, el sapo y el piojo se quedaron charlando.
–Don piojo –preguntó el sapo–, ¿por qué comenzó todo este lío? ¿se da cuenta en lo que se metió?
–Fue demasiado peligroso –dijo el coatí–. El puma es un animal feroz. Me hizo temblar todo el tiempo.
–No se preocupe, amigo coatí, yo temblaba más todavía –dijo el piojo.
–¿Por qué pelearon? –preguntó el elefante.
–Porque casi me pisa. Pasó sin mirar casi me pisa. Y cuando yo grité me mostró todos esos dientes que tiene y encima me insultó y me pisó la sombra.
–¡Lo insultó! –dijo el sapo–. ¡Le pisó la sombra! ¿Qué le dijo?
–En realidad nada. Pero me miró como si me insultara. Y movió la pata y casi me pisa otra vez. Y de nuevo me pisó la sombra. Entonces me enojé y lo desafié a pelear.
–Pero, don piojo –dijo el elefante–, un piojo no puede pelear con un puma.
–Ya sé que no, pero las cosas tienen sus límites. Y creo que se estaba pasando de la raya. ¿Sabe, don elefante?, a veces los bichos chicos tenemos que defender a muerte la dignidad. Si no resistimos, si no defendemos la dignidad, entonces sí que estamos listos. Y un buen piojo no puede permitir que nadie le pise la sombra.
El elefante y el sapo se miraron y dieron un paso para atrás con todo disimulo. No fuera a ser que por ahí, sin darse cuenta, pusieran la pata encima de la sombra del piojo.
FIN
"Desafío mortal" de Gustavo Roldán.
En Historias del piojo. Editorial Norma. 1998.
© Gustavo Roldán.
Ilustraciones: Jimena Tello
Diseño de tapa y colección: Plan Nacional de Lectura 2010
Colección: “Escritores en escuelas”
Ministerio de Educación. República Argentina, 2010
www.planlectura.educ.ar
Visto y leído en: www.planlectura.educ.ar
Ejemplar de distribución gratuita (PDF)
Ejemplar de distribución gratuita (PDF)
Ahí estaba, reluciente, casi imposible ojo de tigre que miraba fijo y hacía correr un estremecimiento por la piel. Rodeado de otros mil ojos era el único que importaba, el único que hacía poner los pelos de punta, que hacía secar la boca y sentir ese cosquilleo que casi se parecía al miedo.
Desde el primer momento se llamó así, “el ojo del tigre”. Y ahí estaba, como esperando la repetida visita del Negro, que pasaba mañana y tarde para mirarlo una y otra vez, entre las bolitas de ese infinito frasco que guardaba los sueños de los chicos.
Las bolitas eran azules, verdes, rojas, amarillas, de colores mezclados, las más increíbles combinaciones que uno pudiera imaginar.
Atilio, el Negro, Miguel, todos los chicos pasaban algunos de sus mejores momentos con las narices pegadas a la vidriera, mirando el frasco de bolitas. Cada uno elegía esta y esta y aquella otra en una imposible elección porque todas eran hermosas. Y la más hermosa era esa roja con vetas verdes y blancas, hasta que se miraba la azul con tonos más claros y oscuros. Y los ojos solos saltaban al marrón y naranja que daba una sensación de movimiento o al amarillo limón que podía comerse como un caramelo. Y entonces comenzaban a cambiar los sabores, y del gusto a frutilla se pasaba a la menta, al sabor a naranja o al más ácido del limón y al más suave del dulce de leche. Y el olor de las frutillas se mezclaba con el olor de la menta, de las mandarinas, de las naranjas.
No era nada fácil decidirse por una o por otra.
–Para mí, tienen que ser todas –dijo Miguel sin poder elegir.
–Me gustaría ser el hombre invisible –dijo Atilio–. Me llenaría los bolsillos de bolitas y saldría corriendo.
–Que no se lleve la mía –murmuró el Negro pensando en el hombre invisible.
–¿Qué? –preguntó Atilio.
–No, nada… Pensaba nomás.
–Bueno –dijo Miguel–, me decido y basta. Tengo plata para una sola. ¿Ustedes tienen?
–Yo sí –dijo Atilio–. Para una. ¿Vos Negro?
El Negro metió las manos en los bolsillos del pantalón y los sacó para afuera. Se encogió de hombros y volvió a meter los bolsillos.
Entraron juntos, como con miedo por tanta responsabilidad de tener que decidirse por una sola bolita.
–¡Que no elijan el ojo del tigre! –pensaba el Negro como en un ruego.
El hombre los atendió con paciencia. De sobra conocía esos compradores que lo hacían perder una hora para comprar una bolita. Pero mientras no hubiera otros clientes… Y él también había sido chico…
Dieron vueltas y más vueltas poniendo las bolitas de a dos o de a tres juntas en la palma de la mano. Compararon una y otra vez, opinaron todos, discutieron, y al final, después de las últimas indecisiones, Atilio y Miguel apartaron una piedra de luz cada uno.
Entregaron sus monedas y con una última mirada al frasco, como para constatar que no se habían equivocado, salieron a la calle.
–¡Eh, muchacho! –dijo el hombre llamando al Negro que iba atrás–. ¿Y vos?
–¿Yo qué?
–¿No vas a llevar ninguna?
–No, señor, hoy no.
–Vení, te regalo una. Pero con una condición, no estés una hora como tus amigos para elegir.
El Negro sintió las piernas flojas, la boca se le secó mientras se acercaba al mostrador con los ojos clavados en el frasco de vidrio. Él no tendría ningún problema en elegir. Sabía cuál era la mejor.
Dentro del frasco brillaban los colores, pero ahora el ojo del tigre no estaba. Hizo girar el frasco hasta dar la vuelta completa.
Como con burla lo miraban infinitos ojos rojos, azules, verdes, ojos que se continuaban uno al lado del otro y que eran hermosos, todos eran hermosos, pero al Negro no le importaban.
Lo único que le importaba era encontrar el ojo del tigre y que no tenía tiempo para revolver todo el frasco de bolitas. Ahí, en algún lugar secreto, se había escondido justo en el momento que más necesitaba verlo.
El Negro sintió que el tiempo se le iba, que el trato era meter la mano y sacar una, que no tenía derecho a molestar a ese señor que había dicho “con una condición…”.
Sintió bronca contra un destino que le tiraba tantas piedritas, sintió que podía sacar cualquier otra bolita, todas eran hermosas. Pero él no quería cualquier bolita.
–¿Y? –preguntó el hombre.
Fue amable, pero el Negro entendió que su tiempo estaba vencido.
–¿Puedo meter la mano? –preguntó con una voz que parecía rendirse.
–Claro –dijo el hombre.
El Negro hundió los dedos en una última jugada al azar haciendo la apuesta más grande del mundo. Tocó suavemente, casi sin respirar, esa oscuridad del centro del frasco, rozando con las yemas los escondidos soles de colores.
Tomó uno, como si tomara el destino, y sacó la mano apretando una bolita entre los dedos. Miró sin creer lo que estaba viendo.
El hombre alzó el frasco y lo puso otra vez en la vidriera.
–Chau, muchacho –dijo.
–Gracias, señor –dijo el Negro–, muchas gracias.
Salió caminando despacio, mirando el ojo del tigre que echaba luces en la palma de su mano.
El corazón le hacía un ruido que le llegaba hasta los pies.
–¡Mirá que sos suertudo, Negro! –dijo Atilio.
–Te estuvimos mirando por la vidriera –dijo Miguel–. ¡Si te hubieras visto la cara!
La cara del Negro se fue haciendo una pura sonrisa. Le brillaron los dientes. Comenzó a caminar sin decir nada.
Esa tarde la puntería del Negro ganó las aclamaciones de los chicos. No había dudas, era casi mágico ese ojo del tigre al que todos querían mirar de cerca y tocar.
Cuando las llamadas de las mamás marcaron la hora de entrar, los bolsillos del Negro estaban llenos de bolitas ganadas, y las miradas de los chicos mezclaban envidia y admiración. El Negro llegó a su casa flotando en una nube.
Se sacudió las piernas llenas de tierra y se limpió las manos en los pantalones antes de entrar. La mamá del Negro lo miró de pies a cabeza y el Negro fue corriendo a lavarse, sin ninguna protesta.
Hizo los deberes, hizo dos mandados, comió sin hablar con la boca llena, no les quitó nada de postre a sus hermanos, y hasta dejó que todos mirasen y tocasen el ojo del tigre. Su papá mostró todavía más entusiasmo que sus hermanos, lo que lo llenó de orgullo.
–A mí me hubiera gustado tener una bolita así –dijo.
A la hora de dormir se lavó las manos, los dientes, la cara. Sin protestar.
Esa noche el Negro soñó los sueños más hermosos. Soñó que volaba, y hacía mucho que no soñaba con esos vuelos tan suaves después del primer esfuerzo en partir.
Soñó que remaba en una canoa con la Cecilia y que la Cecilia cantaba guaranias para él. Y hacía mucho que no remaba y la Cecilia nunca le había cantado una guarania.
Soñó que corría montando un potro por un espacio enorme y lleno de luz. Soñó que miraba las estrellas, y las Tres Marías y la Cruz del Sur eran luces que se juntaban con las flores del jacarandá y el vuelo del picaflor.
Soñó que el sol comenzaba a comerse la noche y a dar algo así como una idea del reino perdido. Y entonces se despertó, con un rayo de sol que entraba por la ventana, justo justo para darle en los ojos y despertarlo.
–Pucha que estaban lindos los sueños –dijo–. Así da gusto dormir.
Sacó el ojo del tigre de debajo de la almohada. Lo hizo girar lentamente entre los dedos, como para no dejarlo nunca.
Pero todavía faltaba lo más importante. Ahora sí que iba a ser el día… No había sido fácil decidirse. Ese ojo del tigre era una cosa única, estaba seguro de que no existía en el mundo nada igual.
Se preparó para ir a la escuela. Temprano, con tiempo de sobra, tomó el desayuno.
–Estás contento, Negro –dijo la mamá del Negro–. ¿Qué te pasa?
–Debe estar planeando alguna de sus barrabasadas –dijo el papá del Negro.
–Y… un poco las dos cosas –dijo el Negro.
Cuando llegó a la escuela solo había algunas chicas. Ya se sabe que las mujeres siempre llegan temprano a la escuela.
Con las manos en los bolsillos se acercó adonde estaba la Cecilia.
Sacó la mano cerrada y, como de paso, dijo:
–Tomá Cecilia, es para vos.
Los bolsillos del Negro quedaron vacíos, llenos de bolitas de todos colores, pero vacíos, ahora que ya no era más el dueño del ojo del tigre. Y le resultaba raro tener los bolsillos tan vacíos pero la boca y los ojos tan llenos de ganas de reír.
Desde el primer momento se llamó así, “el ojo del tigre”. Y ahí estaba, como esperando la repetida visita del Negro, que pasaba mañana y tarde para mirarlo una y otra vez, entre las bolitas de ese infinito frasco que guardaba los sueños de los chicos.
Las bolitas eran azules, verdes, rojas, amarillas, de colores mezclados, las más increíbles combinaciones que uno pudiera imaginar.
Atilio, el Negro, Miguel, todos los chicos pasaban algunos de sus mejores momentos con las narices pegadas a la vidriera, mirando el frasco de bolitas. Cada uno elegía esta y esta y aquella otra en una imposible elección porque todas eran hermosas. Y la más hermosa era esa roja con vetas verdes y blancas, hasta que se miraba la azul con tonos más claros y oscuros. Y los ojos solos saltaban al marrón y naranja que daba una sensación de movimiento o al amarillo limón que podía comerse como un caramelo. Y entonces comenzaban a cambiar los sabores, y del gusto a frutilla se pasaba a la menta, al sabor a naranja o al más ácido del limón y al más suave del dulce de leche. Y el olor de las frutillas se mezclaba con el olor de la menta, de las mandarinas, de las naranjas.
No era nada fácil decidirse por una o por otra.
–Para mí, tienen que ser todas –dijo Miguel sin poder elegir.
–Me gustaría ser el hombre invisible –dijo Atilio–. Me llenaría los bolsillos de bolitas y saldría corriendo.
–Que no se lleve la mía –murmuró el Negro pensando en el hombre invisible.
–¿Qué? –preguntó Atilio.
–No, nada… Pensaba nomás.
–Bueno –dijo Miguel–, me decido y basta. Tengo plata para una sola. ¿Ustedes tienen?
–Yo sí –dijo Atilio–. Para una. ¿Vos Negro?
El Negro metió las manos en los bolsillos del pantalón y los sacó para afuera. Se encogió de hombros y volvió a meter los bolsillos.
Entraron juntos, como con miedo por tanta responsabilidad de tener que decidirse por una sola bolita.
–¡Que no elijan el ojo del tigre! –pensaba el Negro como en un ruego.
El hombre los atendió con paciencia. De sobra conocía esos compradores que lo hacían perder una hora para comprar una bolita. Pero mientras no hubiera otros clientes… Y él también había sido chico…
Dieron vueltas y más vueltas poniendo las bolitas de a dos o de a tres juntas en la palma de la mano. Compararon una y otra vez, opinaron todos, discutieron, y al final, después de las últimas indecisiones, Atilio y Miguel apartaron una piedra de luz cada uno.
Entregaron sus monedas y con una última mirada al frasco, como para constatar que no se habían equivocado, salieron a la calle.
–¡Eh, muchacho! –dijo el hombre llamando al Negro que iba atrás–. ¿Y vos?
–¿Yo qué?
–¿No vas a llevar ninguna?
–No, señor, hoy no.
–Vení, te regalo una. Pero con una condición, no estés una hora como tus amigos para elegir.
El Negro sintió las piernas flojas, la boca se le secó mientras se acercaba al mostrador con los ojos clavados en el frasco de vidrio. Él no tendría ningún problema en elegir. Sabía cuál era la mejor.
Dentro del frasco brillaban los colores, pero ahora el ojo del tigre no estaba. Hizo girar el frasco hasta dar la vuelta completa.
Como con burla lo miraban infinitos ojos rojos, azules, verdes, ojos que se continuaban uno al lado del otro y que eran hermosos, todos eran hermosos, pero al Negro no le importaban.
Lo único que le importaba era encontrar el ojo del tigre y que no tenía tiempo para revolver todo el frasco de bolitas. Ahí, en algún lugar secreto, se había escondido justo en el momento que más necesitaba verlo.
El Negro sintió que el tiempo se le iba, que el trato era meter la mano y sacar una, que no tenía derecho a molestar a ese señor que había dicho “con una condición…”.
Sintió bronca contra un destino que le tiraba tantas piedritas, sintió que podía sacar cualquier otra bolita, todas eran hermosas. Pero él no quería cualquier bolita.
–¿Y? –preguntó el hombre.
Fue amable, pero el Negro entendió que su tiempo estaba vencido.
–¿Puedo meter la mano? –preguntó con una voz que parecía rendirse.
–Claro –dijo el hombre.
El Negro hundió los dedos en una última jugada al azar haciendo la apuesta más grande del mundo. Tocó suavemente, casi sin respirar, esa oscuridad del centro del frasco, rozando con las yemas los escondidos soles de colores.
Tomó uno, como si tomara el destino, y sacó la mano apretando una bolita entre los dedos. Miró sin creer lo que estaba viendo.
El hombre alzó el frasco y lo puso otra vez en la vidriera.
–Chau, muchacho –dijo.
–Gracias, señor –dijo el Negro–, muchas gracias.
Salió caminando despacio, mirando el ojo del tigre que echaba luces en la palma de su mano.
El corazón le hacía un ruido que le llegaba hasta los pies.
–¡Mirá que sos suertudo, Negro! –dijo Atilio.
–Te estuvimos mirando por la vidriera –dijo Miguel–. ¡Si te hubieras visto la cara!
La cara del Negro se fue haciendo una pura sonrisa. Le brillaron los dientes. Comenzó a caminar sin decir nada.
Esa tarde la puntería del Negro ganó las aclamaciones de los chicos. No había dudas, era casi mágico ese ojo del tigre al que todos querían mirar de cerca y tocar.
Cuando las llamadas de las mamás marcaron la hora de entrar, los bolsillos del Negro estaban llenos de bolitas ganadas, y las miradas de los chicos mezclaban envidia y admiración. El Negro llegó a su casa flotando en una nube.
Se sacudió las piernas llenas de tierra y se limpió las manos en los pantalones antes de entrar. La mamá del Negro lo miró de pies a cabeza y el Negro fue corriendo a lavarse, sin ninguna protesta.
Hizo los deberes, hizo dos mandados, comió sin hablar con la boca llena, no les quitó nada de postre a sus hermanos, y hasta dejó que todos mirasen y tocasen el ojo del tigre. Su papá mostró todavía más entusiasmo que sus hermanos, lo que lo llenó de orgullo.
–A mí me hubiera gustado tener una bolita así –dijo.
A la hora de dormir se lavó las manos, los dientes, la cara. Sin protestar.
Esa noche el Negro soñó los sueños más hermosos. Soñó que volaba, y hacía mucho que no soñaba con esos vuelos tan suaves después del primer esfuerzo en partir.
Soñó que remaba en una canoa con la Cecilia y que la Cecilia cantaba guaranias para él. Y hacía mucho que no remaba y la Cecilia nunca le había cantado una guarania.
Soñó que corría montando un potro por un espacio enorme y lleno de luz. Soñó que miraba las estrellas, y las Tres Marías y la Cruz del Sur eran luces que se juntaban con las flores del jacarandá y el vuelo del picaflor.
Soñó que el sol comenzaba a comerse la noche y a dar algo así como una idea del reino perdido. Y entonces se despertó, con un rayo de sol que entraba por la ventana, justo justo para darle en los ojos y despertarlo.
–Pucha que estaban lindos los sueños –dijo–. Así da gusto dormir.
Sacó el ojo del tigre de debajo de la almohada. Lo hizo girar lentamente entre los dedos, como para no dejarlo nunca.
Pero todavía faltaba lo más importante. Ahora sí que iba a ser el día… No había sido fácil decidirse. Ese ojo del tigre era una cosa única, estaba seguro de que no existía en el mundo nada igual.
Se preparó para ir a la escuela. Temprano, con tiempo de sobra, tomó el desayuno.
–Estás contento, Negro –dijo la mamá del Negro–. ¿Qué te pasa?
–Debe estar planeando alguna de sus barrabasadas –dijo el papá del Negro.
–Y… un poco las dos cosas –dijo el Negro.
Cuando llegó a la escuela solo había algunas chicas. Ya se sabe que las mujeres siempre llegan temprano a la escuela.
Con las manos en los bolsillos se acercó adonde estaba la Cecilia.
Sacó la mano cerrada y, como de paso, dijo:
–Tomá Cecilia, es para vos.
Los bolsillos del Negro quedaron vacíos, llenos de bolitas de todos colores, pero vacíos, ahora que ya no era más el dueño del ojo del tigre. Y le resultaba raro tener los bolsillos tan vacíos pero la boca y los ojos tan llenos de ganas de reír.
FIN
“El ojo del tigre” en "Todos los juegos el juego"
© Gustavo Roldán, 1991
© Ediciones Santillana S.A, 2014
Ilustraciones: © Ernesto Navarro Moreno
Colección: ¿Quién apaga las estrellas?
Plan Nacional de Lectura
Ministerio de Educación de la Nación
www.planlectura.educ.ar
República Argentina, mayo de 2014

© Gustavo Roldán, 1991
© Ediciones Santillana S.A, 2014
Ilustraciones: © Ernesto Navarro Moreno
Colección: ¿Quién apaga las estrellas?
Plan Nacional de Lectura
Ministerio de Educación de la Nación
www.planlectura.educ.ar
República Argentina, mayo de 2014
Visto y leído en:
¿Quién apaga las estrellas? - ECuNHi / Ministerio de Educación
Con el objetivo de afianzar la escritura como herramienta para crear nuevos universos ficcionales el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi) y el Ministerio de Educación llevaron adelante estos Concursos Nacionales de Cuentos, dirigidos a chicos de 8 a 13 años
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2016/03/quien-apaga-las-estrellas-ecunhi.html
¿Quién apaga las estrellas? - ECuNHi / Ministerio de Educación
Con el objetivo de afianzar la escritura como herramienta para crear nuevos universos ficcionales el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi) y el Ministerio de Educación llevaron adelante estos Concursos Nacionales de Cuentos, dirigidos a chicos de 8 a 13 años
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2016/03/quien-apaga-las-estrellas-ecunhi.html
Las cosas andaban mal en el monte. Muchos animales miraban para arriba o silbaban haciéndose los distraídos cuando se cruzaban con otros. Y también comenzaron los rumores.
Los de aquí decían esto y lo otro de los de allá. Los de allá decían lo otro y esto de los de aquí.
Y casi todos estaban peleados con casi todos.
-Y, sí -decía el tapir-, mire lo que anda diciendo el quirquincho, que el elefante es un bicho así y del tamaño de un ratón. Ésas son ideas del sapo, son ideas foráneas, contrarias al sentir nacional.
-Y, sí -decía el ñandú-, mire lo que anda diciendo el oso hormiguero, que el elefante es un bicho así y del tamaño de un caballo. Ésas son ideas de la lechuza. Son ideas contrarias a nuestra legítima tradición.
Y el coatí que decía esto de la iguana. Y el tatu que decía aquello del mono. Y el zorro que decía lo de más allá de la tortuga.
Y nadie estaba contento.
Nadie. Y menos todavía la pulga, que había vivido en un circo y conocía un montón de elefantes. Pero ya se sabe, a las pulgas nadie les hace caso.
-Bueno, bueno -dijo el jaguar-, que estaba convencido de que el elefante era del tamaño de un ratón-, vamos a terminar con esta discusión.
El puma, que opinaba que el elefante era un bicho cogotudo y de patas largas dijo:
-Sí, sí, hay que poner un poco de orden. Hagamos unas elecciones y listo.
-Eso, eso -dijo el jaguar-. Y no perdamos más tiempo. Y cada cual se fue por su lado a organizar las elecciones. Nombraron a sus representantes, formaron un colegio electoral, dictaron las leyes de propaganda y arreglaron todos los problemas legales.
Claro que eso se parecía muy poco a unas elecciones, porque en esa época los que mandaban eran el jaguar y el puma. A veces discutían entre ellos, y entonces los animales tenían libertad para elegir: podían elegir lo que opinaba el jaguar o podían elegir lo que opinaba el puma. Lo único que no podían era pensar otra cosa, porque, como decía la vizcacha, ¿para qué querían pensar si es más cómodo obedecer?
Y muchos estaban de acuerdo. Les gustaba estar de acuerdo con el jaguar o con el puma. Eso tenía sus ventajas.
Y se largó la campaña. Los carteles del jaguar decían: Los elefantes son así y del tamaño de un ratón ¡Viva el jaguar!
Los carteles del puma decían: Los elefantes son así y del tamaño de un caballo ¡Viva el puma!
La pulga también quiso poner los carteles, pero las leyes se lo prohibían, porque prohibían opinar a todo aquel cuyo nombre empezara con pul.
-Es una ley injusta -dijo la pulga.
-¿Injusta? ¿Por qué? Nos toca a todos por igual -dijo la vizcacha-. Cualquiera podría tener un nombre que empiece con pul.
-Dura lex, sed lex -dijo la lechuza.
-Claro que sí -dijo la vizcacha-. Hace falta una ley dura aunque nos dé sed.
La lechuza no quiso aclarar, porque la pulga estaba escuchando, que ella había dicho en latín “dura ley, pero ley”.
Pero cuando se fue la pulga decidieron cambiarla. Ahora diría, para que nadie pudiera andar discutiendo: “prohibido opinar a todos aquellos cuyo nombre empiece con peritonitis, pedagogía, dinosaurio o pul”.
-Ley pareja no es rigurosa -dijo la lechuza-. Ahora no podrá decir nada esa pulga. Para mí que tiene ideas foráneas.
-¿Les parece? ¿Tan chiquita y ya con ideas foráneas? Es el colmo esta juventud -dijo la vizcacha muy preocupada.
Pero la pulga era pulga de pelea, y no se rendía tan fácilmente. Se puso a trabajar día y noche y escribió mil carteles así... pero por el tamaño que tenían nadie los pudo leer.
El día de las elecciones no faltó ninguno. Bueno, en realidad faltaron muchísimos: todos aquellos a los que no les importaban las opiniones del jaguar ni del puma, pero a ésos, nadie los tenía en cuenta.
Cuando terminaron de votar, contaron los votos. Los contaron cuidadosamente, una y otra vez, pero no había nada que hacerle, eran exactamente iguales; 7427 votos para el jaguar; 7427 votos para el puma.
-Amigo puma -dijo el jaguar-, esto no tiene solución. Tal vez podamos llegar a un acuerdo. Y hablaron y hablaron.
Cuando terminaron de hablar, confundidos en un gran abrazo, aparecieron ante los animales que esperaban el resultado final.
-Queridos animales -dijo el puma.
-Animales queridos -dijo el jaguar.
-Por unanimidad -dijeron los dos-, hemos decidido terminar con esta discusión, porque lo importante es que estemos unidos frente a la opinión del mundo ya que ante todo somos derechos y animales. Ya no existen más problemas, hemos decidido que los elefantes no existen.
-¡Viva, viva! -gritó la vizcacha-. ¡Claro que los elefantes no existen!
-¡Los elefantes no existen! -gritaron los admiradores del puma.
-¡Los elefantes no existen! -gritaron los admiradores del jaguar.
Y se fueron contentos. Para un lado y para el otro. Todos contentos. ¿Todos?
Bueno, todos no. Porque la pulga, acordándose de la trompa de los elefantes, de las patas de los elefantes, de los grandes colmillos de los elefantes, y de esas orejotas por donde había paseado tantas veces, en sus años de circo, estaba que lloraba de rabia.
Y entonces se acordó de una frase de un tal Bioy Casares que decía:
“El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que subestima la estupidez.”
La pulga se puso a trabajar noche y día. Y escribió y escribió, repitiendo la frase en mil carteles, que fue pegando en cada uno de los árboles del monte. Y pegó mil carteles así... pero por el tamaño que tenían nadie los pudo leer. ¿Nadie?
Bueno, tal vez no tanto como eso, porque los leyeron un bicho colorado, el piojo chamamecero y la vaquita de San Antonio. Y el bicho colorado le contó al sapo. Y la vaquita de San Antonio le contó al picaflor. Y el sapo le contó al yacaré. Y el picaflor le contó a la calandria. Y la calandria le contó al teru teru, que lo fue desparramando por los alrededores de la laguna grande.
¿Y el piojo chamamecero?
El piojo chamamecero me lo contó a mí, para que escriba esta historia de pulgas y elefantes y otras yerbas, y para que se la cuente a todos los chicos.

Prohibido el elefante
Gustavo Roldán
Editorial Sudamericana
A partir de 9 años
Humor
Cuentos con pulgas y zorros, tigres y tapires, sapos y piojos,
y un montón de animales más del monte chaqueño.
Algún cuento no tan serio y otros menos todavía,
porque la risa, ya se sabe, eso sí que es una cosa seria.
Los de aquí decían esto y lo otro de los de allá. Los de allá decían lo otro y esto de los de aquí.
Y casi todos estaban peleados con casi todos.
-Y, sí -decía el tapir-, mire lo que anda diciendo el quirquincho, que el elefante es un bicho así y del tamaño de un ratón. Ésas son ideas del sapo, son ideas foráneas, contrarias al sentir nacional.
-Y, sí -decía el ñandú-, mire lo que anda diciendo el oso hormiguero, que el elefante es un bicho así y del tamaño de un caballo. Ésas son ideas de la lechuza. Son ideas contrarias a nuestra legítima tradición.
Y el coatí que decía esto de la iguana. Y el tatu que decía aquello del mono. Y el zorro que decía lo de más allá de la tortuga.
Y nadie estaba contento.
Nadie. Y menos todavía la pulga, que había vivido en un circo y conocía un montón de elefantes. Pero ya se sabe, a las pulgas nadie les hace caso.
-Bueno, bueno -dijo el jaguar-, que estaba convencido de que el elefante era del tamaño de un ratón-, vamos a terminar con esta discusión.
El puma, que opinaba que el elefante era un bicho cogotudo y de patas largas dijo:
-Sí, sí, hay que poner un poco de orden. Hagamos unas elecciones y listo.
-Eso, eso -dijo el jaguar-. Y no perdamos más tiempo. Y cada cual se fue por su lado a organizar las elecciones. Nombraron a sus representantes, formaron un colegio electoral, dictaron las leyes de propaganda y arreglaron todos los problemas legales.
Claro que eso se parecía muy poco a unas elecciones, porque en esa época los que mandaban eran el jaguar y el puma. A veces discutían entre ellos, y entonces los animales tenían libertad para elegir: podían elegir lo que opinaba el jaguar o podían elegir lo que opinaba el puma. Lo único que no podían era pensar otra cosa, porque, como decía la vizcacha, ¿para qué querían pensar si es más cómodo obedecer?
Y muchos estaban de acuerdo. Les gustaba estar de acuerdo con el jaguar o con el puma. Eso tenía sus ventajas.
Y se largó la campaña. Los carteles del jaguar decían: Los elefantes son así y del tamaño de un ratón ¡Viva el jaguar!
Los carteles del puma decían: Los elefantes son así y del tamaño de un caballo ¡Viva el puma!
La pulga también quiso poner los carteles, pero las leyes se lo prohibían, porque prohibían opinar a todo aquel cuyo nombre empezara con pul.
-Es una ley injusta -dijo la pulga.
-¿Injusta? ¿Por qué? Nos toca a todos por igual -dijo la vizcacha-. Cualquiera podría tener un nombre que empiece con pul.
-Dura lex, sed lex -dijo la lechuza.
-Claro que sí -dijo la vizcacha-. Hace falta una ley dura aunque nos dé sed.
La lechuza no quiso aclarar, porque la pulga estaba escuchando, que ella había dicho en latín “dura ley, pero ley”.
Pero cuando se fue la pulga decidieron cambiarla. Ahora diría, para que nadie pudiera andar discutiendo: “prohibido opinar a todos aquellos cuyo nombre empiece con peritonitis, pedagogía, dinosaurio o pul”.
-Ley pareja no es rigurosa -dijo la lechuza-. Ahora no podrá decir nada esa pulga. Para mí que tiene ideas foráneas.
-¿Les parece? ¿Tan chiquita y ya con ideas foráneas? Es el colmo esta juventud -dijo la vizcacha muy preocupada.
Pero la pulga era pulga de pelea, y no se rendía tan fácilmente. Se puso a trabajar día y noche y escribió mil carteles así... pero por el tamaño que tenían nadie los pudo leer.
El día de las elecciones no faltó ninguno. Bueno, en realidad faltaron muchísimos: todos aquellos a los que no les importaban las opiniones del jaguar ni del puma, pero a ésos, nadie los tenía en cuenta.
Cuando terminaron de votar, contaron los votos. Los contaron cuidadosamente, una y otra vez, pero no había nada que hacerle, eran exactamente iguales; 7427 votos para el jaguar; 7427 votos para el puma.
-Amigo puma -dijo el jaguar-, esto no tiene solución. Tal vez podamos llegar a un acuerdo. Y hablaron y hablaron.
Cuando terminaron de hablar, confundidos en un gran abrazo, aparecieron ante los animales que esperaban el resultado final.
-Queridos animales -dijo el puma.
-Animales queridos -dijo el jaguar.
-Por unanimidad -dijeron los dos-, hemos decidido terminar con esta discusión, porque lo importante es que estemos unidos frente a la opinión del mundo ya que ante todo somos derechos y animales. Ya no existen más problemas, hemos decidido que los elefantes no existen.
-¡Viva, viva! -gritó la vizcacha-. ¡Claro que los elefantes no existen!
-¡Los elefantes no existen! -gritaron los admiradores del puma.
-¡Los elefantes no existen! -gritaron los admiradores del jaguar.
Y se fueron contentos. Para un lado y para el otro. Todos contentos. ¿Todos?
Bueno, todos no. Porque la pulga, acordándose de la trompa de los elefantes, de las patas de los elefantes, de los grandes colmillos de los elefantes, y de esas orejotas por donde había paseado tantas veces, en sus años de circo, estaba que lloraba de rabia.
Y entonces se acordó de una frase de un tal Bioy Casares que decía:
“El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que subestima la estupidez.”
La pulga se puso a trabajar noche y día. Y escribió y escribió, repitiendo la frase en mil carteles, que fue pegando en cada uno de los árboles del monte. Y pegó mil carteles así... pero por el tamaño que tenían nadie los pudo leer. ¿Nadie?
Bueno, tal vez no tanto como eso, porque los leyeron un bicho colorado, el piojo chamamecero y la vaquita de San Antonio. Y el bicho colorado le contó al sapo. Y la vaquita de San Antonio le contó al picaflor. Y el sapo le contó al yacaré. Y el picaflor le contó a la calandria. Y la calandria le contó al teru teru, que lo fue desparramando por los alrededores de la laguna grande.
¿Y el piojo chamamecero?
El piojo chamamecero me lo contó a mí, para que escriba esta historia de pulgas y elefantes y otras yerbas, y para que se la cuente a todos los chicos.
FIN
Prohibido el elefante
Gustavo Roldán
Editorial Sudamericana
A partir de 9 años
Humor
Cuentos con pulgas y zorros, tigres y tapires, sapos y piojos,
y un montón de animales más del monte chaqueño.
Algún cuento no tan serio y otros menos todavía,
porque la risa, ya se sabe, eso sí que es una cosa seria.
Visto y leído en: Lengua y Literatura E.M.E.I.
http://lylemei.blogspot.com.ar/2012/10/prohibido-el-elefante-gustavo-roldan.html
http://lylemei.blogspot.com.ar/2012/10/prohibido-el-elefante-gustavo-roldan.html
A la orilla del río, mientras tomaba agua, el monito escuchó los rugidos del yaguareté.
La única salvación estaba en cruzar el río, pero el monito no sabía nadar.
Y el río era hondo a más no poder.
Ahí estaba, sin saber qué hacer, cuando vio que se acercaba el yacaré.
El yacaré era todavía más peligroso que el tigre. Tenía una boca más grande y más dientes que el tigre. Era más peligroso que el tigre.
Y cada vez se acercaba más.
- A usted lo estaba esperando, amigo yacaré.
- ¿Para qué me esperabas? ¿No sabés lo peligroso que es estar cerca de mí?
- Para contarle lo que dicen mis hermanas. Tengo tres hermanas muy lindas que siempre lo nombran.
- ¿Qué dicen?
- Dicen que tiene la boca chiquita, que tiene la piel muy suave, que tiene los ojos muy dulces, y les gusta mirarlo cuando usted está tomando sol en la otra orilla del río.
- ¿Tus hermanas viven en la otra orilla?
- Sí, y si quiere, ya mismo vamos para allá y se las presento.
- No perdamos tiempo. Subite a mi lomo, así tus hermanas ven cómo te llevo y vos me las presentás.
El monito pegó un salto más que rápido, porque ya oía el rugido del yaguareté que estaba llegando al río.
El yacaré se largó al agua y comenzó a nadar.
- Contame de nuevo qué dicen tus hermanas.
- Que usted tiene una boca chiquita, que tiene los dientes más parejos y blancos y que tiene una piel lisa que debe ser muy suave.
- ¿Las tres dicen eso?
- Sí, sí, las tres –dijo el monito, suspirando aliviado porque ya lo veía al yaguareté llegando a la orilla del río.
- ¿Y las tres son muy lindas?
- Muy lindas, así dicen todos, pero ellas sólo piensan en usted.
- Bueno, ahora me van a conocer. Y yo voy a elegir una para que sea mi esposa. La más linda voy a elegir.
- La que usted prefiera, amigo yacaré.
Y siguieron nadando.
Dos veces más el monito tuvo que repetir lo que decían sus hermanas, y lo que más le gustaba al yacaré era que decían que tenía la boca chiquita.
Y siguieron nadando hasta llegar hasta la otra orilla.
El monito saltó a tierra y le dijo:
- Ahora espéreme aquí, que las voy a buscar para que vengan a conocerlo. Usted quédese tomando sol hasta que volvamos. Y dio un salto, se trepó a un árbol y se perdió en el monte.
El yacaré se quedó tomando sol en la orilla del río.
Y ahí está todavía, esperando. Por eso los yacarés siempre están siempre tendidos a la orilla del río. Están esperando que vuelva un monito trayendo a sus tres hermanas, para elegir a la más buena moza.

El mono y el yacaré
Gustavo Roldán
Cuentos del Pajarito Remendado; Colihue; Bs. As.; 1996
La única salvación estaba en cruzar el río, pero el monito no sabía nadar.
Y el río era hondo a más no poder.
Ahí estaba, sin saber qué hacer, cuando vio que se acercaba el yacaré.
El yacaré era todavía más peligroso que el tigre. Tenía una boca más grande y más dientes que el tigre. Era más peligroso que el tigre.
Y cada vez se acercaba más.
- A usted lo estaba esperando, amigo yacaré.
- ¿Para qué me esperabas? ¿No sabés lo peligroso que es estar cerca de mí?
- Para contarle lo que dicen mis hermanas. Tengo tres hermanas muy lindas que siempre lo nombran.
- ¿Qué dicen?
- Dicen que tiene la boca chiquita, que tiene la piel muy suave, que tiene los ojos muy dulces, y les gusta mirarlo cuando usted está tomando sol en la otra orilla del río.
- ¿Tus hermanas viven en la otra orilla?
- Sí, y si quiere, ya mismo vamos para allá y se las presento.
- No perdamos tiempo. Subite a mi lomo, así tus hermanas ven cómo te llevo y vos me las presentás.
El monito pegó un salto más que rápido, porque ya oía el rugido del yaguareté que estaba llegando al río.
El yacaré se largó al agua y comenzó a nadar.
- Contame de nuevo qué dicen tus hermanas.
- Que usted tiene una boca chiquita, que tiene los dientes más parejos y blancos y que tiene una piel lisa que debe ser muy suave.
- ¿Las tres dicen eso?
- Sí, sí, las tres –dijo el monito, suspirando aliviado porque ya lo veía al yaguareté llegando a la orilla del río.
- ¿Y las tres son muy lindas?
- Muy lindas, así dicen todos, pero ellas sólo piensan en usted.
- Bueno, ahora me van a conocer. Y yo voy a elegir una para que sea mi esposa. La más linda voy a elegir.
- La que usted prefiera, amigo yacaré.
Y siguieron nadando.
Dos veces más el monito tuvo que repetir lo que decían sus hermanas, y lo que más le gustaba al yacaré era que decían que tenía la boca chiquita.
Y siguieron nadando hasta llegar hasta la otra orilla.
El monito saltó a tierra y le dijo:
- Ahora espéreme aquí, que las voy a buscar para que vengan a conocerlo. Usted quédese tomando sol hasta que volvamos. Y dio un salto, se trepó a un árbol y se perdió en el monte.
El yacaré se quedó tomando sol en la orilla del río.
Y ahí está todavía, esperando. Por eso los yacarés siempre están siempre tendidos a la orilla del río. Están esperando que vuelva un monito trayendo a sus tres hermanas, para elegir a la más buena moza.
FIN
El mono y el yacaré
Gustavo Roldán
Cuentos del Pajarito Remendado; Colihue; Bs. As.; 1996
Visto y leído en:
Vení que te cuento - Antología Literaria para el Nivel inicial y EGB 1
Selección de cuentos, poesías y adivinanzas para ser utilizado por los docentes en las Escuelas de la Red Escolar Judía.
Fundación BAMÁ (http://www.bama.org.ar/)
http://www.bama.org.ar/sitio2014/sites/default/files/_archivos/merkaz/Jomer_on_line/ANTOLOGIA%20LI
Vení que te cuento - Antología Literaria para el Nivel inicial y EGB 1
Selección de cuentos, poesías y adivinanzas para ser utilizado por los docentes en las Escuelas de la Red Escolar Judía.
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